viernes, 28 de marzo de 2014

Antonio Jiménez Millán, Inventario del desorden.

Antonio Jiménez Millán, Inventario del desorden.  XXIV Premio Ciudad de Melilla, Madrid, Visor, 2003.

     Con los años la poesía de Antonio Jiménez Millán se vuelve sobre sí misma cada vez más sabia, más descarnada, menos complaciente con el lector y con su propio personaje. Implacable composición de lugar, Inventario del desorden (1994-2002) lleva a una gran complejidad ética y estética la indagación en la conciencia y en la memoria que el poeta ha desarrollado desde sus primeros libros y de manera destacada en Ventanas sobre el bosque (1987) y Casa invadida (1995), todos ellos reunidos antológicamente en la segunda edición de La mirada infiel (2000).
     Desde otra edad, cuando ya se ha doblado el cabo de las últimas ilusiones, la inteligencia exige al protagonista de estos poemas un ejercicio de recelo frente a la conciencia emocional y frente a los propios presupuestos intelectuales, única forma de resistencia a la presión del tiempo y de la Historia. A todo ello se aplica cuidadosamente Jiménez Millán a lo largo de las distintas secciones de este libro fascinante en coherencia y en aciertos expresivos.

     El mismo título presenta en su misma cualidad aparentemente paradójica la perspectiva de extrañamiento desde la que el poeta aborda el sentido de su presente –que es el verdadero centro del balance moral de estos poemas– a partir de una muy variada reflexión sobre el tiempo, la memoria, las complejidades del sentir, los espacios vividos, la Historia colectiva y ciertos referentes culturales que jalonan su personal educación sentimental e ideológica. El desorden es, en palabras del poeta, “una metáfora de la vida, de la fragmentación de la vida” y así el inventario lo constituye la forma especial de establecer mediaciones de sentido desde el extrañamiento de la conciencia por y para la escritura de los poemas, por borrosos que resulten, necesariamente, los límites y las conexiones entre las diferentes instancias del pensamiento estético que subyace a tantas representaciones y figuras.

La calculada arquitectura del libro propone un método adecuado para la confrontación con esos contenidos de la conciencia: dos poemas extensos, dedicados respectivamente a muy diferentes evocaciones de las figuras del padre y de la madre, enmarcan las tres partes centrales en las que se despliegan los distintos motivos al tiempo que sitúan las señas de identidad –históricas, afectivas, analíticas– de la voz poética.

     “Dominio de la herrumbre”, el primero, es un denso e impresionante poema que ya sitúa en las primeras páginas del libro los procedimientos poéticos del conjunto. En varios tiempos sucesivos –un amanecer frío y borroso, una tarde de junio, un sol de invierno–, despliega la evocación emocionada del padre desde la distancia ideológica, y formula también, a la par, un juicio lúcido a la opresiva realidad española de la posguerra. “…Un sentimiento ambiguo,/ un amor que no excluye la distancia,/ así, en la intimidad, que es el lugar de la contradicción”: desde una edad semejante a la del padre en el recuerdo, el poeta se dirige a su figura fantasmal para ir perfilando las caras de un sentimiento complejo en el que se mezclan la nostalgia de los días infantiles, la dificultad de enfrentarse a las viejas fotografías, las instantáneas vertiginosas del cine y de la guerra civil, de las calles de la Granada de los años cincuenta, el rechazo de unos valores que sólo dieron lugar al dolor y a la mentira, todo aquello, en fin, que se resiste a un balance suficiente, a una forma de pacto entre la melancolía y la certeza –y que luego se despliega en las distintas secciones del libro–: “Y por última vez quisiera preguntarte/ cómo nombrar un mundo que no existe,/ como explicar ahora este desorden”.
     Más tierno, más emocionante pero también más sombrío en la consideración del tiempo con que culmina el libro todo, “Desde una biblioteca antigua” está dedicado a la madre, bibliotecaria de la Facultad de Letras de Granada. El niño que jugaba en el patio del Palacio de las Columnas reconoce, mucho tiempo después, la escritura materna en las fichas de la biblioteca –“caligrafía del pasado/ que me habla desde el fondo de mí mismo”– y reconoce también con delicada sensorialidad y con honda melancolía la imposibilidad de recuperar las sensaciones de aquel tiempo, perdidas en una ciudad “que ya no existe”: “Por las aulas desiertas,/ por los viejos pasillos ya sin nadie,/ un aire de solemnidad vencida/ me recuerda/ cómo cambia el paisaje de los sueños/ y cómo va acercándose la muerte hacia nosotros”.
     Las tres secciones interiores despliegan los territorios del inventario íntimo. “Calma aparente” sitúa en un nivel de mayor abstracción la reflexión sobre el tiempo convertido en escenario sobre el que actúan unos fantasmagóricos personajes, figuras infieles de la memoria personal que superpone capas de tiempo sobre la conciencia de un presente amenazado por el desengaño: “Busca sólo el final del laberinto,/ unas líneas de luz contra la muerte”. Como claves de la dificultad de todo ejercicio de distanciamiento de uno mismo, estos poemas misteriosos y melancólicos establecen las bases para el despojamiento de los rituales de miedo y de costumbre que lastran la conciencia: “Ahora puedes abrir los ventanales,/ saber que el tiempo tiene otro sentido/ más allá de la prisa y del asfalto/ y a veces se revela/ como una llama oculta que incendiara/ el silencio de las habitaciones”. Asumen también, coherentes con la poética de clarificación que se ha establecido desde el comienzo, una crítica del lenguaje poético que implica también una opción moral: “olvídate de imágenes oscuras,/ de palabras arcaicas como ritos sórdidos,/ esos falsos prodigios del lenguaje”.
     “El azar y el miedo”, centro de Inventario del desorden, constituye la parte más sombría del libro y también la que proporciona más lúcidas enseñanzas sobre la intimidad y la Historia. Como señala emblemáticamente el título, sus ocho poemas componen un “breve inventario del miedo y del absurdo” que se abre desde el análisis dramático de la experiencia íntima –“Acaban de expulsarte del infierno./ Procura no volver”– hacia un mosaico de figuras (Ensor, Ginsberg, Orwell, la emocionante elegía por Javier Egea) que fijan otros tantas dolorosas constancias históricas inseparables de la experiencia íntima: el desengaño de la vida colectiva, el fracaso de los ideales, la inanidad cotidiana, el dominio de la muerte. Son poemas que amplifican la crítica histórica entrañada en “Dominio de la herrumbre” y que culminan, en el poema que da título a esta parte, los últimos aprendizajes morales en medio del desorden: “Y piensa que tu vida puede ser/ un segundo de más, un paso en falso,/ ese breve paréntesis de tiempo/ que media entre la nada y la costumbre,/ entre el cielo tranquilo y la tormenta/ que arrasa todo. Tú ya lo comprobaste:/ el miedo y el azar son algo más que símbolos/ de lo desconocido”.
    En “Fábulas”, finalmente, se combinan en claroscuro distintas facetas del inventario abierto en el espacio crítico de este libro. Siempre contrapuestos presente y memoria, el poeta evoca con tonos sarcásticos una sórdida calle de Granada que ya forma parte del pasado íntimo y colectivo, despliega historias de pesadillas y abdicaciones que representan nebulosamente otros tiempos de la propia experiencia que quedaron al margen, y confronta el desasosiego de la conciencia íntima con la inocencia de unos ojos infantiles sin pasado, que hablan a la vez de la relatividad de todas las certezas y de la conciencia necesaria de la fugacidad, cuya sobria parábola se despliega en la reflexión sentimental de “El balneario”, en los poemas en prosa de “El pasajero”, en la emocionante escritura de la vida en tránsito por el simulacro torpe de los días (“Fábula y despedida”), por andenes, ciudades –siempre París en el recuerdo–, cuadros (Hopper) o películas como “El extraño”, a la vez homenaje a Orson Welles y al cine y reafirmación última de la poética histórica de Jiménez Millán: “Encumbrada a lo más alto de la torre, la muerte espera en las agujas de un reloj. No existe la inocencia en el lenguaje”. Fiel a sus orígenes y a sí mismo, dando una vuelta de tuerca a toda su trayectoria, sin concesiones, sin máscaras innecesarias ni vanidades estéticas, Antonio Jiménez Millán ha alcanzado conInventario del desorden, su mejor libro hasta la fecha, unos niveles de exigencia y de lucidez que lo sitúan entre los poetas más destacados de su generación y de la poesía española de estos años.

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