viernes, 28 de marzo de 2014

José Emilio Pacheco, "Contra la Kodak"

Contra la Kodak

Cosa terrible es la fotografía.
Pensar que en estos objetos cuadrangulares
yace un instante de 1959.
Rostros que ya no son,
aire que ya no existe.
Porque el tiempo se venga
de quienes rompen el orden natural deteniéndolo,
las fotos se resquebrajan, amarillean.
No son la música del pasado:
son el estruendo
de las ruinas internas que se desploman.
No son el verso sino el crujido
de nuestra irremediable cacofonía.
José Emilio Pacheco, Tarde o temprano [Poemas 1958-2009]. Tusquets, 2010.

Jorge Ariel Madrazo, "Y si esa foto se animara"

Y si esa foto se animara
                                             (Para Patricia)

Y si esa foto se animara, te hablase
¿qué haría la tu alma?
Imagen de mujer cuyos labios
acariciás cada mañana al irte y
en la noche, tan quedo.
¿Y si en un tris te respondiera,
te dijese: «te amo»? ¿Y buscaras
en torno a la que habló
y vieras sólo aquella foto que te
sonríe?

Esa foto ¿será sólo una foto, acaso
no será Ella mismita
que ante tu desconcierto
se habrá echado a ser carne,
se habrá echado a cantar
y su canto resuene entre los astros
mudos?

Jorge Ariel Madrazo (Buenos Aires, 1931)

Joan Margarit, Joana.

Joan Margarit, Joana. Hiperión, Madrid, 2002.    
     Con Joana entrega el poeta catalán Joan Margarit su libro del horror. Poesía descarnada e intensa, es la crónica de ocho meses de enfermedad terminal de su hija Joana, que soportó a lo largo de sus treinta años el doloroso síndrome de Rubinstein-Taybe.Ningún poeta quisiera verse abocado a escribir un libro como este, pero Margarit ha cerrado el episodio más angustioso de su biografía logrando sacar de su sufrimiento verdadera poesía, vida pensada y compartible: “este libro fue escrito vulnerando todos los consejos que los poetas damos sobre la obligada distancia entre los hechos y el poema”, dice el autor en la nota final, asumiendo un riesgo del que logra escaparse poema tras poema en un difícil reto al equilibrio.
     El equilibrio moral y la capacidad de distanciarse de sí mismo han sido siempre para Margarit las mejores armas de su poesía. Hace año y medio, con motivo de la publicación de su Poesía amorosa completa subrayábamos hasta qué punto la escritura del dolor elevaba la categoría ética de aquellos poemas de amor que ahora, aguzados en Joana, logran estremecernos más allá de toda falacia patética, gracias al ejercicio de templanza que la construcción de estos poemas implica: “necesito cerrar este tiempo para volver a encontrar, si es posible, a la Joana de antes”, explica el prólogo, aunque el poeta sabe que, en la realidad, “el abismo que nos separa es el nunca más”.
     Poe teorizó en su germinal “Filosofía de la composición” (escrita a posteriori, no cabe olvidarlo) los mecanimos del desespero y la desolación de su gran poema “El cuervo”. Margarit multiplica sus recursos en este libro de terror y desamparo ante la nueva soledad: “el mundo sin Joana se parece al que vivimos juntos, pero no es el mismo”. Con una pensada técnica de montaje, el poeta intercala recuerdos, vaticinios desolados e imaginarios diálogos con Joana entre las anotaciones narrativas del proceso irreversible, desde el primer diagnóstico hasta que, inexorablemente, los olvidos que llegan traen consigo y añaden al de la ausencia ese dolor más frío de la culpa.
     "Danos, música de oro, unas lágrimas limpias/como la vida que hoy enterraremos”: entre las notas de un oscuro “Loverman”, la conmovedora oración fúnebre de Pere Rovira sirve de pórtico a este libro que logra una verdad que nos alcanza con lo más elemental, que desnuda el sentimiento del tiempo (“que me digas qué hago de mi vida,/ mientras los días van, con lluvia o cielo azul,/organizando ya la soledad”), que analiza el desasosiego (“Veía en todas partes a Joana:/surgía en todas partes la mirada/del cuerpo contrahecho/ donde aprendí qué era la belleza”) y que nos habla, en última instancia, de la fuerza del amor como única forma de resistencia: “Me detuve sintiéndote muy cerca./ Y sintiendo que ya, en cualquier instante/podría hacer surgir tesoros de la muerte”.

Luis Alberto de Cuenca, El reino blanco

Luis Alberto de Cuenca, El reino blanco. Colección Palabra de Honor, Visor, Madrid, 2010. 160 págs.
     Publicado en la lujosa colección Palabra de Honor, que dirigen Luis García Montero y Chus Visor e ilustra Juan Vida, El reino blanco es un libro mayor en la ya extensa trayectoria de Luis Alberto de Cuenca. Las diez secciones en que se distribuyen sus noventa poemas acogen todos los registros, los temas y los mitos personales del poeta a una luz más contrastada, con cierta tensión mayor entre sus diferentes tonos. La metáfora del reino blanco que le brinda Marcel Schwob reitera la fe en la otra realidad secreta que sólo mediante la poesía puede entreverse desde este lado de la vida a secas, el engañoso, el oscuro, ese que cifran los dos epígrafes que abren el libro –“Fice el bien e fize el mal,/ fice guerra e fice amor;/ ove de ver al final/ que todo, todo, es igual:/ engaño e dolor, dolor”, dice esta sospechosa quintilla. Y a partir de aquí una matizada serie de contrastes entre ilusión y desengaño, ideal y tedio, deseo y temporalidad va creando ante nuestros ojos la tensión especial de El reino blanco –“Contra el tiempo de la muerte, a favor de la vida y del verano”–, sostenida por cuanto de cultura vivida enriquece y fundamenta buena parte de la reflexión existencial del autor desde los orígenes de su poesía.
     Con toques de humor surrealista, varios poemas en prosa y en verso establecen en “Sueños” ese ámbito de extrañamiento onírico frecuente en la poesía del autor y, con guiños freudianos y literarios, sitúan sus apariciones y diálogos absurdos en páginas memorables como “Sueño de mi padre” y, sobre todo, “La maleta perdida”. En “Hojas de otoño”, una de las secciones que prefiero, de nuevo extrañamiento y diálogos imposibles se combinan con oscuras reflexiones existenciales que el recurso al prosaísmo o el toque irónico distancian relativamente. Así, “Lo que somos”, “Donde habite el olvido” o “Qué es lo que puedo hacer” constatan diversamente lo que cifran los pareados finales del manuelmachadiano “Letanía”: (Bien mirado, tampoco es tan grave la cosa:/ ya sabemos que todo en la vida es derrota,// caminar por un puente que lleva a la renuncia,/ enjugarse las lágrimas y comerse la angustia)”. Concretando mucho más su motivo, “La maltratada” rinde tributo a un asunto de actualidad candente.
   M Con su carácter de divertimento, los poemas de “Puertas y paisajes” y las cinco “Seguidillas fetichistas” introducen un cambio brusco de tema y tono al abordar el erotismo desde una intensidad mayor que nunca en la poesía de Luis Alberto de Cuenca, tan rica en elementos eróticos desde siempre. La diversa celebración del cuerpo femenino y sus paisajes, con los correspondientes guiños al mundo clásico, se alía a la fascinación por los tacones infinitos, al “Elogio del sujetador” o, en varias seguidillas, al fetichismo de los pies, con esa dosis de buen humor que el poeta aplica también a unos haikus de variado humor, algunos memorables: “Tú eres mi faro./ Y tú tienes la culpa/ de mis naufragios”.
     En el centro justo del libro, el “Tríptico de Foxá” es a la vez un homenaje al escritor y una defensa de la poética de línea clara que mantiene Luis Alberto de Cuenca. Si en Cui-Ping-Sing elogia “la serenata/ de emoción y temblor que es la existencia/ humana, el quid de la literatura”, en El almendro y la espada se define: “Porque la poesía no ha de ser un tedioso/ festín esencialista e incomprensible para/ los miembros de una secta, sino una fiesta alegre/ y comunicativa donde quepamos todos/ los hombres y mujeres del planeta”.
     “Caprichos” y “Homenajes” contienen poemas que son puro Luis Alberto de Cuenca. Pululan por ellos voces varias, historias de amores extraños, múltiples referentes culturalistas y todo ello en ese territorio que funde sueños y realidad extrañada, como en el sugerente “Mujeres en ninguna parte”. Los “Homenajes” lo son, desde la emoción y el agradecimiento, a tantos libros y a tantos personajes literarios, como en los dodecasílabos de “Juntos” o en los bellos pareados de “Shakespeare y Rita”: “De Shakespeare aprendí que todo son palabras./ De mi primer amor, que todo vale nada”. Por su parte “El cuervo” recrea con fantástica originalidad y en versos narrativos la experiencia y lectura de “The Raven”.
     Más intimistas, emocionantes, las secciones finales, “Recuerdos” y “Paseo vespertino”, recuperan, en pos del “yo perdido”, visiones infantiles, lecturas e ilusiones, como en “Carta a los Reyes Magos” o “Vieja fotografía con tebeo”, y se contrastan con cuanto impone la conciencia de la edad, por más que en “Búscala” se reafirme la fe en la Diosa Blanca de la poesía, la necesaria búsqueda más allá de la evidencia, “por el camino hacia ninguna parte,/ por el desierto helado el silencio,/ por las calles vacías del olvido”. Un libro mayor y memorable en el que alienta todo el mundo del autor con sus contrastes, su abigarrado mundo de referentes, su capacidad de hacernos cómplices, de divertirnos y de emocionarnos.

Juan Bonilla, Cháchara.

Juan Bonilla, Cháchara
Premio Villa de Rota. Renacimiento, Sevilla, 2010

     Precisamente porque su poesía va muy en serio, Juan Bonilla (Jerez de la Frontera, 1966) incrementa en cada libro las dosis de humor y de ironía con que bajar la temperatura a lo que sus poemas ponen delante de nosotros. Desde su mismo título Cháchara establece el juego de distancias y el punto de vista del conjunto al tiempo que sugiere un desplante de corte manuelmachadiano a la solemnidad de otras poéticas con las que desde siempre ha chocado la propia (véase “Misión a las estrellas”). A pesar del vuelo imaginativo y de la intensidad lírica de algunas imágenes -“Hay un charco de sol sobre la cama/ y en la ventana el día/ recita el infinito en que se incribe”-, la poesía se define aquí, desengañadamente, como parloteo colectivo de un mundo que, como “el pobre yo”, “chacharea haciendo tiempo,/ encogido de hombros, impotente” y acaso espera un no sabe bien qué que sea diferente al rutinario cada día, a “las hienas del día laborable”. Así fingida como cháchara, la poesía se enfrenta plausiblemente con su propio sujeto, ese yo -“sólo un niño ciego/ que no sabe callarse”- despersonalizado, extrañado, cuya forma particular de videncia consiste justo en iluminar con supremo sarcasmo lo que vale realmente de quien habla: su DNI, sus tarjetas de crédito, cuentas, claves, pines, etc.
     Sólo cifras, dinero: la intimidad verdadera o, al menos, lo único que nos constata socialmente, como en el comienzo del libro -con guiño al título de José Hierro- expresa el magnífico poema “Cuanto sé de mí”: “Creo que nunca antes un poeta/ había puesto tanta intimidad/ al alcance de sus lectores”. Retomando uno de sus primeros títulos, “Cuestiones personales”, Bonilla traza en la primera sección ese extrañamiento desde el que evocar la vida, los lugares, las lecturas de su personaje, difuminado a menudo en el plural y siempre con la muerte al lado y con la temporalidad en vilo: “Una sucesión de extraños saludándonos en los espejos/ fueron irguiendo algo así como una biografía”. Se trata, sin embargo, de un personaje que no evita que entre la mordacidad y los juegos de ingenio -“La Y es un tirachinas/ la O una piedra”- vibre la nota sentimental (distanciada como “imitraición” de Quim Monzó) de “Ventajas de la ficción”, otro poema estupendo, o de homenaje algo melancólico a Cádiz, “el único lugar del mundo/ donde fui niño”.
     En la poesía de Bonilla cuentan los otros, aunque sea desde la desolación o desde la dificultad de comunicación válida, por más que alguna vez, reunidos, nos pueda confortar una canción o un himno (“You'll never walk alone”). No es de extrañar, por ello, que, de la misma forma que aflora en sus poemas el bullir de toda la literatura -“literhartura”-, el poeta privilegie los espacios colectivos -el estadio, el hospital, la galería comercial- como escenario de sus evocaciones y sus figuraciones sobre la soledad y la insignificancia de los seres: “somos una porción de nada/ hecha de pura cháchara,/ perdida en espejismos/ por darse la importancia/ que no le dan las cosas”.
     Esta desolación de fondo es el eje, en mi opinión, sobre el que gira, con su regusto barroco, el desarrollo de esta cháchara. Cháchara solitaria para muchos, aunque el propio sujeto desconfíe de su alcance.

Antonio Jiménez Millán, Inventario del desorden.

Antonio Jiménez Millán, Inventario del desorden.  XXIV Premio Ciudad de Melilla, Madrid, Visor, 2003.

     Con los años la poesía de Antonio Jiménez Millán se vuelve sobre sí misma cada vez más sabia, más descarnada, menos complaciente con el lector y con su propio personaje. Implacable composición de lugar, Inventario del desorden (1994-2002) lleva a una gran complejidad ética y estética la indagación en la conciencia y en la memoria que el poeta ha desarrollado desde sus primeros libros y de manera destacada en Ventanas sobre el bosque (1987) y Casa invadida (1995), todos ellos reunidos antológicamente en la segunda edición de La mirada infiel (2000).
     Desde otra edad, cuando ya se ha doblado el cabo de las últimas ilusiones, la inteligencia exige al protagonista de estos poemas un ejercicio de recelo frente a la conciencia emocional y frente a los propios presupuestos intelectuales, única forma de resistencia a la presión del tiempo y de la Historia. A todo ello se aplica cuidadosamente Jiménez Millán a lo largo de las distintas secciones de este libro fascinante en coherencia y en aciertos expresivos.

     El mismo título presenta en su misma cualidad aparentemente paradójica la perspectiva de extrañamiento desde la que el poeta aborda el sentido de su presente –que es el verdadero centro del balance moral de estos poemas– a partir de una muy variada reflexión sobre el tiempo, la memoria, las complejidades del sentir, los espacios vividos, la Historia colectiva y ciertos referentes culturales que jalonan su personal educación sentimental e ideológica. El desorden es, en palabras del poeta, “una metáfora de la vida, de la fragmentación de la vida” y así el inventario lo constituye la forma especial de establecer mediaciones de sentido desde el extrañamiento de la conciencia por y para la escritura de los poemas, por borrosos que resulten, necesariamente, los límites y las conexiones entre las diferentes instancias del pensamiento estético que subyace a tantas representaciones y figuras.

La calculada arquitectura del libro propone un método adecuado para la confrontación con esos contenidos de la conciencia: dos poemas extensos, dedicados respectivamente a muy diferentes evocaciones de las figuras del padre y de la madre, enmarcan las tres partes centrales en las que se despliegan los distintos motivos al tiempo que sitúan las señas de identidad –históricas, afectivas, analíticas– de la voz poética.

     “Dominio de la herrumbre”, el primero, es un denso e impresionante poema que ya sitúa en las primeras páginas del libro los procedimientos poéticos del conjunto. En varios tiempos sucesivos –un amanecer frío y borroso, una tarde de junio, un sol de invierno–, despliega la evocación emocionada del padre desde la distancia ideológica, y formula también, a la par, un juicio lúcido a la opresiva realidad española de la posguerra. “…Un sentimiento ambiguo,/ un amor que no excluye la distancia,/ así, en la intimidad, que es el lugar de la contradicción”: desde una edad semejante a la del padre en el recuerdo, el poeta se dirige a su figura fantasmal para ir perfilando las caras de un sentimiento complejo en el que se mezclan la nostalgia de los días infantiles, la dificultad de enfrentarse a las viejas fotografías, las instantáneas vertiginosas del cine y de la guerra civil, de las calles de la Granada de los años cincuenta, el rechazo de unos valores que sólo dieron lugar al dolor y a la mentira, todo aquello, en fin, que se resiste a un balance suficiente, a una forma de pacto entre la melancolía y la certeza –y que luego se despliega en las distintas secciones del libro–: “Y por última vez quisiera preguntarte/ cómo nombrar un mundo que no existe,/ como explicar ahora este desorden”.
     Más tierno, más emocionante pero también más sombrío en la consideración del tiempo con que culmina el libro todo, “Desde una biblioteca antigua” está dedicado a la madre, bibliotecaria de la Facultad de Letras de Granada. El niño que jugaba en el patio del Palacio de las Columnas reconoce, mucho tiempo después, la escritura materna en las fichas de la biblioteca –“caligrafía del pasado/ que me habla desde el fondo de mí mismo”– y reconoce también con delicada sensorialidad y con honda melancolía la imposibilidad de recuperar las sensaciones de aquel tiempo, perdidas en una ciudad “que ya no existe”: “Por las aulas desiertas,/ por los viejos pasillos ya sin nadie,/ un aire de solemnidad vencida/ me recuerda/ cómo cambia el paisaje de los sueños/ y cómo va acercándose la muerte hacia nosotros”.
     Las tres secciones interiores despliegan los territorios del inventario íntimo. “Calma aparente” sitúa en un nivel de mayor abstracción la reflexión sobre el tiempo convertido en escenario sobre el que actúan unos fantasmagóricos personajes, figuras infieles de la memoria personal que superpone capas de tiempo sobre la conciencia de un presente amenazado por el desengaño: “Busca sólo el final del laberinto,/ unas líneas de luz contra la muerte”. Como claves de la dificultad de todo ejercicio de distanciamiento de uno mismo, estos poemas misteriosos y melancólicos establecen las bases para el despojamiento de los rituales de miedo y de costumbre que lastran la conciencia: “Ahora puedes abrir los ventanales,/ saber que el tiempo tiene otro sentido/ más allá de la prisa y del asfalto/ y a veces se revela/ como una llama oculta que incendiara/ el silencio de las habitaciones”. Asumen también, coherentes con la poética de clarificación que se ha establecido desde el comienzo, una crítica del lenguaje poético que implica también una opción moral: “olvídate de imágenes oscuras,/ de palabras arcaicas como ritos sórdidos,/ esos falsos prodigios del lenguaje”.
     “El azar y el miedo”, centro de Inventario del desorden, constituye la parte más sombría del libro y también la que proporciona más lúcidas enseñanzas sobre la intimidad y la Historia. Como señala emblemáticamente el título, sus ocho poemas componen un “breve inventario del miedo y del absurdo” que se abre desde el análisis dramático de la experiencia íntima –“Acaban de expulsarte del infierno./ Procura no volver”– hacia un mosaico de figuras (Ensor, Ginsberg, Orwell, la emocionante elegía por Javier Egea) que fijan otros tantas dolorosas constancias históricas inseparables de la experiencia íntima: el desengaño de la vida colectiva, el fracaso de los ideales, la inanidad cotidiana, el dominio de la muerte. Son poemas que amplifican la crítica histórica entrañada en “Dominio de la herrumbre” y que culminan, en el poema que da título a esta parte, los últimos aprendizajes morales en medio del desorden: “Y piensa que tu vida puede ser/ un segundo de más, un paso en falso,/ ese breve paréntesis de tiempo/ que media entre la nada y la costumbre,/ entre el cielo tranquilo y la tormenta/ que arrasa todo. Tú ya lo comprobaste:/ el miedo y el azar son algo más que símbolos/ de lo desconocido”.
    En “Fábulas”, finalmente, se combinan en claroscuro distintas facetas del inventario abierto en el espacio crítico de este libro. Siempre contrapuestos presente y memoria, el poeta evoca con tonos sarcásticos una sórdida calle de Granada que ya forma parte del pasado íntimo y colectivo, despliega historias de pesadillas y abdicaciones que representan nebulosamente otros tiempos de la propia experiencia que quedaron al margen, y confronta el desasosiego de la conciencia íntima con la inocencia de unos ojos infantiles sin pasado, que hablan a la vez de la relatividad de todas las certezas y de la conciencia necesaria de la fugacidad, cuya sobria parábola se despliega en la reflexión sentimental de “El balneario”, en los poemas en prosa de “El pasajero”, en la emocionante escritura de la vida en tránsito por el simulacro torpe de los días (“Fábula y despedida”), por andenes, ciudades –siempre París en el recuerdo–, cuadros (Hopper) o películas como “El extraño”, a la vez homenaje a Orson Welles y al cine y reafirmación última de la poética histórica de Jiménez Millán: “Encumbrada a lo más alto de la torre, la muerte espera en las agujas de un reloj. No existe la inocencia en el lenguaje”. Fiel a sus orígenes y a sí mismo, dando una vuelta de tuerca a toda su trayectoria, sin concesiones, sin máscaras innecesarias ni vanidades estéticas, Antonio Jiménez Millán ha alcanzado conInventario del desorden, su mejor libro hasta la fecha, unos niveles de exigencia y de lucidez que lo sitúan entre los poetas más destacados de su generación y de la poesía española de estos años.

Pere Rovira, Poesía (1979-2004).

La poesía de Pere Rovira

Pere Rovira, Poesía (1979-2004). Barcelona, DVD, 2011. 254 págs.

La publicación en castellano de la obra poética de Pere Rovira constituye una magnífica ocasión para que el lector no catalán pueda apreciar la hondura y la riqueza de matices de uno de los poetas principales de la literatura catalana de las últimas décadas. En versiones que cuentan con nombres tan prestigiosos como los de José Agustín Goytisolo, Antonio Jiménez Millán, Carlos Marzal, Vicente Gallego o Celina Alegre, entre otros, la presente edición bilingüe acoge los cuatro libros centrales de la producción del autor: Distancias (1981), Cartas marcadas (1988), La vida en plural (1996) y El mar de dentro (2003).

Como fruto del diálogo exigente con su propia obra, Rovira ha corregido y eliminado: “Hacerme trampas sería hacérselas a los otros lectores. Procurando evitarlo, he preparado esta edición de mis poemas corrigiendo bastantes de ellos y suprimiendo los que he considerado innecesarios”, dice en el “Prólogo”. Nos encontramos, así, con cuatro capítulos de lo que podría considerarse una “vida poética” construida desde la conciencia de que la poesía es, antes que nada y como condición para su eficacia estética y moral, una “cuestión de palabras” que atiende circunstanciada y reflexivamente a la experiencia de lo real: “Lo que cuenta no es lo que la poesía puede cambiar o recuperar de las cosas vividas, que es poco, sino cómo va configurándote a ti mismo”.
El hilo conductor de toda la poesía de Pere Rovira desde los primeros poemas de La segona persona (1979), no incluidos aquí, hasta el recentísimo Contra la mort (Proa, 2011), aparecido casi a la vez que esta edición, es la experiencia del amor sometido a las presiones de la temporalidad, intensamente vivido en presente y pensado en futuro, con todos los claroscuros que la conciencia de la caducidad y de la muerte va introduciendo en las edades de un protagonista poético tan vitalista como lúcido, tan apasionado como consciente de su entidad literaria. De ahí el constante juego de distancias y tonos cada vez más acentuado y que va y viene de los registros intimistas a los eficaces poemas narrativos que sostienen los planteamientos del autor sobre el vivir y el sentir colectivo, sin olvidar las elegías –al padre, sobre todo– de las últimas entregas. No es de extrañar, además, que la conciencia cada vez más clara del oficio de escribir vaya generando un mayor número de poemas dedicados a la reconsideración crítica de los propios mitos literarios, que coincide, en los últimos tiempos con las espléndidas versiones en catalán de algunos de ellos: Vint-i-cinc flors del mal de Baudelaire (2008) y Les roses de Ronsard (2009). Alta poesía, poesía necesaria la de Pere Rovira.

jueves, 27 de marzo de 2014

Joan Margarit, Poesía amorosa completa

Aunque empezó escribiendo en castellano Joan Margarit ha logrado su expresión más genuina en catalán, con dieciséis títulos desde 1980. Llum de pluja (1986), Edat roja (1991), Els motius del llop (1993), Aiguaforts (1995) o Estació de França (1999) representan una propuesta de primera magnitud en el panorama de los últimos veinte años, bien conocida en el ámbito lingüístico no catalán: Luz de lluvia apareció en edición bilingöe y luego se han publicado Edad roja (El Maillot Amarillo, 1995, en versión de Antonio Jiménez Millán), Aguafuertes (Renacimiento, 1998) y Cien poemas (La Veleta, 1997). Es más: Estación de Francia, presentado por su autor como “un libro de poesía bilingüe (todas las versiones, modificaciones y vueltas a empezar que sufre en mis manos un poema las he realizado en catalán y castellano a la vez)”, instala el conflicto lingüístico como ingrediente necesario de esta escritura meditativa en la que la experiencia histórica colectiva es inseparable de la reflexión sobre los sentimientos.

Poesía amorosa completa, con una sugestiva introducción de Sam Abrams, constituye un espléndido recorrido por la obra de Margarit a la vez que una elocuente propuesta de poemas “revividos” en castellano por el autor. Margarit, que cuenta con plausibles traducciones de Antonio Jiménez Millán, Luis García Montero, José Agustín Goytisolo, Pere Rovira o Justo Navarro, ofrece ahora su propia versión sacrificando aciertos ajenos en aras de la autenticidad. Porque es ésta el estímulo generador de su poesía, sin mengua del necesario simulacro de voces y efectos de verdad esenciales para implicar al lector.

A lo largo de 170 poemas el poeta traza su personal “historia del corazón” y una guía de lectura de sus tonos, temas y registros. Porque en esta poesía hay gente, personajes que viven en nuestra historia común y que toman la palabra para hablar de muy variadas moradas del sentimiento, como algo histórico, sin apriorismos ni concesiones, matizado por la constancia del vivir, en equilibrio entre el desengaño y el vitalismo: “hablemos del amor aunque las rosas/tengan que terminar siempre en la basura”.

El concepto de amor que ofrece este conjunto es muy amplio: no sólo es la relación amorosa a lo largo de las sucesivas edades de los protagonistas. Para tener un sentido hondo el tema amoroso requiere completarse con el tratamiento dimensionado de otras formas del amor -y del dolor, y de la soledad: lo que convoca el recuerdo ante la muerte de los padres; las relaciones con los hijos, en especial Joana, cuya seria minusvalía introduce los registros más patéticos de toda la contenida poesía de Margarit; los amores fugaces o irrealizados; la amistad, en fin, en forma de homenajes, retratos, testimonios y despedidas.

Una de las mejores cualidades de Joan Margarit es la capacidad de conseguir que una poesía tan ligada a su biografía resulte compartible y que los descubrimientos y las perplejidades resultantes del acto poético alcancen a suscitar los del lector. A ello contribuye la sobria y a menudo áspera meditación que se plantea en registros comunes de lenguaje, en una rica referencialidad metafórica a realidades cotidianas de muy diverso nivel y la implacable revisión de los valores y las imposturas íntimas de unos personajes verosímiles que desean, sufren y tratan de sobrevivir y que se expresan en muy distintas voces de hombres y mujeres.

La voz que unifica esta polifonía es la de un Joan Margarit que pide cuentas a su propia conciencia en tránsito por una geografía minuciosa de nombres (familiares, amigos, poetas, filósofos, músicos de jazz....), en espacios vividos o fantaseados, calles sórdidas de suburbio, cafés antiguos, ciudades transformadas por el recuerdo, el refugio precario del hogar, la topografía secreta de los amores y vilezas, las playas perdidas de tantas ilusiones... “Amor y tiempo”: la vida y la poesía de un personaje que en el atardecer de la existencia asume las derrotas de la edad y usa esas enseñanzas como un arma a favor de la vida, a favor del amor, que se acrecienta “a manos del feroz estimulante/que es la clara certeza de la muerte”.

Joan Margarit, Poesía amorosa completa,  Hiperión, Madrid, 2001.