Luis Alberto de Cuenca, El reino blanco. Colección Palabra de Honor, Visor, Madrid, 2010. 160 págs.
Publicado en la lujosa colección Palabra de Honor, que dirigen Luis García Montero y Chus Visor e ilustra Juan Vida, El reino blanco es un libro mayor en la ya extensa trayectoria de Luis Alberto de Cuenca. Las diez secciones en que se distribuyen sus noventa poemas acogen todos los registros, los temas y los mitos personales del poeta a una luz más contrastada, con cierta tensión mayor entre sus diferentes tonos. La metáfora del reino blanco que le brinda Marcel Schwob reitera la fe en la otra realidad secreta que sólo mediante la poesía puede entreverse desde este lado de la vida a secas, el engañoso, el oscuro, ese que cifran los dos epígrafes que abren el libro –“Fice el bien e fize el mal,/ fice guerra e fice amor;/ ove de ver al final/ que todo, todo, es igual:/ engaño e dolor, dolor”, dice esta sospechosa quintilla. Y a partir de aquí una matizada serie de contrastes entre ilusión y desengaño, ideal y tedio, deseo y temporalidad va creando ante nuestros ojos la tensión especial de El reino blanco –“Contra el tiempo de la muerte, a favor de la vida y del verano”–, sostenida por cuanto de cultura vivida enriquece y fundamenta buena parte de la reflexión existencial del autor desde los orígenes de su poesía.
Con toques de humor surrealista, varios poemas en prosa y en verso establecen en “Sueños” ese ámbito de extrañamiento onírico frecuente en la poesía del autor y, con guiños freudianos y literarios, sitúan sus apariciones y diálogos absurdos en páginas memorables como “Sueño de mi padre” y, sobre todo, “La maleta perdida”. En “Hojas de otoño”, una de las secciones que prefiero, de nuevo extrañamiento y diálogos imposibles se combinan con oscuras reflexiones existenciales que el recurso al prosaísmo o el toque irónico distancian relativamente. Así, “Lo que somos”, “Donde habite el olvido” o “Qué es lo que puedo hacer” constatan diversamente lo que cifran los pareados finales del manuelmachadiano “Letanía”: (Bien mirado, tampoco es tan grave la cosa:/ ya sabemos que todo en la vida es derrota,// caminar por un puente que lleva a la renuncia,/ enjugarse las lágrimas y comerse la angustia)”. Concretando mucho más su motivo, “La maltratada” rinde tributo a un asunto de actualidad candente.
M Con su carácter de divertimento, los poemas de “Puertas y paisajes” y las cinco “Seguidillas fetichistas” introducen un cambio brusco de tema y tono al abordar el erotismo desde una intensidad mayor que nunca en la poesía de Luis Alberto de Cuenca, tan rica en elementos eróticos desde siempre. La diversa celebración del cuerpo femenino y sus paisajes, con los correspondientes guiños al mundo clásico, se alía a la fascinación por los tacones infinitos, al “Elogio del sujetador” o, en varias seguidillas, al fetichismo de los pies, con esa dosis de buen humor que el poeta aplica también a unos haikus de variado humor, algunos memorables: “Tú eres mi faro./ Y tú tienes la culpa/ de mis naufragios”.
En el centro justo del libro, el “Tríptico de Foxá” es a la vez un homenaje al escritor y una defensa de la poética de línea clara que mantiene Luis Alberto de Cuenca. Si en Cui-Ping-Sing elogia “la serenata/ de emoción y temblor que es la existencia/ humana, el quid de la literatura”, en El almendro y la espada se define: “Porque la poesía no ha de ser un tedioso/ festín esencialista e incomprensible para/ los miembros de una secta, sino una fiesta alegre/ y comunicativa donde quepamos todos/ los hombres y mujeres del planeta”.
“Caprichos” y “Homenajes” contienen poemas que son puro Luis Alberto de Cuenca. Pululan por ellos voces varias, historias de amores extraños, múltiples referentes culturalistas y todo ello en ese territorio que funde sueños y realidad extrañada, como en el sugerente “Mujeres en ninguna parte”. Los “Homenajes” lo son, desde la emoción y el agradecimiento, a tantos libros y a tantos personajes literarios, como en los dodecasílabos de “Juntos” o en los bellos pareados de “Shakespeare y Rita”: “De Shakespeare aprendí que todo son palabras./ De mi primer amor, que todo vale nada”. Por su parte “El cuervo” recrea con fantástica originalidad y en versos narrativos la experiencia y lectura de “The Raven”.
Más intimistas, emocionantes, las secciones finales, “Recuerdos” y “Paseo vespertino”, recuperan, en pos del “yo perdido”, visiones infantiles, lecturas e ilusiones, como en “Carta a los Reyes Magos” o “Vieja fotografía con tebeo”, y se contrastan con cuanto impone la conciencia de la edad, por más que en “Búscala” se reafirme la fe en la Diosa Blanca de la poesía, la necesaria búsqueda más allá de la evidencia, “por el camino hacia ninguna parte,/ por el desierto helado el silencio,/ por las calles vacías del olvido”. Un libro mayor y memorable en el que alienta todo el mundo del autor con sus contrastes, su abigarrado mundo de referentes, su capacidad de hacernos cómplices, de divertirnos y de emocionarnos.